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“Una de las tareas más difíciles es convencer a los profesores de cambiar sus métodos de enseñanza, porque muchos de ellos adoptan un método y lo van variando a lo largo de su carrera. Debido a la larga historia del uso de su método, frecuentemente los profesores cuentan con todo un corpus de vivencias anecdóticas que les sugieren que les ha funcionado; ¿por qué arriesgarse a cambiar lo que parece funcionar?”.

John Hattie, 2017.

 

La primera vez que leí el párrafo de Hatti, en su “Aprendizaje Visible”, lo enmarqué dentro del enfoque de una resistencia al cambio, una resistencia a metodologías más activas en las que el alumnado cobra mayor relevancia dentro del proceso educativo. Obviamente, este es el contexto al que el autor hace mención en su escrito, concretamente dentro del apartado “eligiendo el método”.

Si bien es cierto que esa resistencia existe, siempre ha estado ahí y seguirá estando, vengo observando cómo, debido a los avances tecnológicos y a la implantación de dicha tecnología en las aulas, se viene circunscribiendo esta “resistencia” a aquellos docentes que no utilizan la tecnología en sus aulas; mientras que a los docentes que sí hacen uso de ella, se les posiciona automáticamente dentro del grupo que está a favor de ese cambio metodológico, con todo lo que ello implica. En este sentido, no sé si por mi devenir docente; las ganas de probar acciones, herramientas y situaciones diferentes; o por las observaciones que realizo, tanto a nivel laboral como personal; tengo que decir que esta afirmación no es para nada cierta, tal y como se plantea. De hecho, en este post vengo a criticar esa “Resistencia al Cambio” que muestran muchos docentes usuarios de tecnología.

 

Metodología, efectos y herramientas.

Si por metodología didáctica entendemos el conjunto de estrategias, procedimientos y acciones organizadas y planificadas por el profesorado para posibilitar el aprendizaje del alumnado, de manera consciente y reflexiva, con la finalidad de lograr los objetivos planteados. (RD 1105/2014). Queda claro que estaríamos refiriéndonos a todas aquellas acciones que utilizamos en el aula con nuestros alumnos y alumnas. Algunas serán más efectivas, más participativas o más dinámicas. Desde hace un tiempo, mucho si pensamos en aquellos conceptos de la Escuela Nueva, diferentes movimientos de renovación pedagógica vienen apostando por una actualización de esas metodologías, apostando por aquellas que son más activas y dan más protagonismo al alumnado.

Al mismo tiempo, la aparición del término competencias, como elementos clave que se deben tratar en los centros educativos y que suponen un cambio drástico a la hora de planificar nuestras sesiones, llevarlas a la práctica y evaluar, viene desarrollada en la normativa educativa. De hecho, la orden ECD/65/2015, establece como medidas para potenciar la motivación por el aprendizaje de competencias se requieren, además, metodologías activas y contextualizadas. Aquellas que faciliten la participación e implicación del alumnado y la adquisición y uso de conocimientos en situaciones reales (…).

Estas “nuevas” metodologías podrán hacer, y de hecho hacen, uso de tecnología, como herramienta, que permite acciones necesarias en nuestro mundo real y que facilitan en muchos casos la práctica docente; pero en ningún momento estas últimas hacen por sí solas que esa metodología sea “nueva”, o que el no hacer uso de ellas suponga no estar llevando a la práctica una metodología activa.

Creo conveniente volver a citar a Hattie y el término “efectos”, cada una de los atributos y acciones que podemos realizar en nuestra labor docente y que tendrán una consecuencia en el aprendizaje del alumnado. Así, teniendo en cuenta los resultados de los estudios que ha realizado, comprobamos que prácticamente cualquier acción que podemos hacer con nuestro alumnado tendrá un efecto positivo en el aula. Otra cuestión es qué magnitud tendrá el efecto y cómo afectará en el proceso de enseñanza aprendizaje. En cualquier caso, los aspectos relacionados con la colaboración, la enseñanza recíproca, los procesos metacognitivos, son algunos de los efectos más positivos. Lo cual nos lleva a ver cómo a nivel metodológico, deberíamos apostar por esas formas que citábamos en párrafos anteriores. Así, estos efectos por sí solos no suponen una metodología, será la unión y combinación de los mismos, junto con la forma en que los llevemos a la práctica, lo que nos dará esa metodología.

Y finalmente, las herramientas. Ya sean tecnológicas o no, digitales o analógicas, nuevas o viejas, son eso, herramientas. Nos ayudarán en nuestro día a día, servirán de guía, de medio, de elemento conductor, de fuente de motivación, de base de recursos; pero serán eso, herramientas. Así, una herramienta no supone un efecto, mucho menos una metodología. De hecho, una misma herramienta, según cómo se use, puede servir para fomentar metodologías totalmente diferentes.

 

La confusión de la mezcla.

En todo momento, la mayoría de los docentes siempre buscan mejorar sus procesos de enseñanza. Aunque sea cierto el mensaje de Hattie con el que abría el post, realmente todos pensamos en hacer lo mejor posible para que nuestro alumnado progrese y avance.

En este sentido, el aspecto tecnológico es un tema muy sensible entre la población educadora y cada vez son más los compañeros y compañeras que, de una forma u otra, intentan avanzar en ese cambio metodológico y esa adopción tecnológica. Aquí es cuando se produce una mixtura de conceptos, dónde algunas herramientas pasan a ser el elemento central y “único” dentro de nuestra metodología. Acción que evoluciona en una práctica excepcional en el manejo de esa herramienta y en la perdida de visión global del entorno educativo.

Últimamente este hecho me lo vengo encontrando de forma cada vez más acusada. Compañeros o compañeras que, siendo perfectos usuarios de determinada tecnología (herramienta), supeditan toda metodología a la utilización exclusiva de esa herramienta, sin aceptar opción a otras formas de uso u otras tecnologías. De esta forma están reproduciendo lo que tanto, seguramente, han criticado inicialmente respecto a aquellos docentes que no hacen un especial uso de la tecnología y que exclusivamente hacen uso de los efectos que ellos pensaban válidos. Y es que, la utilización de metodologías activas, colaborativas, centradas en el alumnado, o como las queramos llamar; deberían pasar, precisamente, por hacer uso del mayor número de herramientas posibles dentro del aula. Tantas como el momento, situación y contexto me permitan. Actuaciones como el limitar a una única forma de trabajo con esta o aquella tecnología, aunque se pierdan determinadas funciones que te aporta otra herramienta; evitar determinados roles dentro del aula, porque tu herramienta no lo permita; potenciar en exclusiva determinado rol, porque es el que mejor hace tu herramienta; actuaciones así, solo reducen el abanico de posibilidades que realmente nos ofrece la tecnología dentro del aula.

Los efectos más ventajosos a nivel educativo pueden realizarse tanto con tecnología como sin ella. La tecnología me aporta la opción de contextualizar mis acciones con herramientas del mundo real, conectar con el alumnado de una forma diferente y, eso también, poder poner en práctica metodologías que muchos docentes soñaron y escribieron en otro siglo.

Sigamos innovando, no limitando.

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